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25 de noviembre de 2010

Libro: EL QUINTO DÍA

Frank Schätzing.
Frank Schätzing. Image.
Cuando uno lee "best sellers", uno imagina por lo general, libros con argumentos lineales, de trama previsiblemente emocionante, y salpicada de elementos convenientemente trágicos, todo puesto para, fundamentalmente atrapar al lector. 'El Quinto Día', no es el caso. Acabo de terminar de leerlo, luego de casi un año, por cuestiones más logísticas que por interés en su "diegesis", como diría Denegri.
una historia con una cantidad descomunal de información, sobre todo científica, pero por encima de ello, de una complejidad que hace honor a sus pretenciones filosóficas. Y digo filosóficas, porque la novela propone la idea, no sin una dosis de lúdico retorcimiento, de que una vida inteligente no solo sería posible en este planeta, sino, que además, sería lo mejor.
Evidentemente esta historia se inscribe en la línea de esas mega explicaciones acerca de una Tierra, un planeta concebida como un ser vivo, a la manera de "Gaya". En fin, el hecho es que desde el punto de vista de su construcción, es obvio que ha significado una gran tarea de recopilación de información muy actual, y de mucha imaginación para el dibujo de tantas imágenes tan alucinadas, pero verosímiles y hasta plausibles.
Me quedo con los monólogos de la parte final de la historia, donde se resuelve el terrible nudo de la trama. De ehcho, consigno parte del texto final:
Pero también hay esperanza, los primeros indicios de un cambio de ideas acerca de nuestro papel en el planeta. Hay en estos días muchos que intentan entender la diversidad biológica, comprender los auténticos principios unificadores y lo que en última instancia nos une más allá de toda jerarquía. Pues lo que une es lo que asegura nuestra supervivencia. ¿Se ha preguntado alguna vez el ser humano qué efecto tiene sobre la vida de sus descendientes dejarles un planeta empobrecido? ¿Puede determinarse cuál es la verdadera importancia de una especie animal para el espíritu humano? Tenemos un anhelo de bosques, arrecifes de coral, mares llenos de peces, aire puro y aguas limpias. Pero seguimos dañando la Tierra. Y al destruir la diversidad de las formas de vida estamos destruyendo una complejidad que no entendemos, y que aún menos podemos volver a crear. Lo que rompemos queda desmembrado. ¿Puede alguien decidir a qué parte del gran entramado de la naturaleza podemos renunciar? La trama sólo revela su secreto si se mantiene intacta. En una ocasión nos excedimos y la red decidió desembarazarse de nosotros. Por ahora hay un armisticio. Pero más allá de las conclusiones a que puedan llegar los yrr, haríamos bien en facilitarles la decisión todo lo posible. Pues el truco de Karen no funcionará una segunda vez.
Hoy, a un año del hundimiento, abro un periódico y leo: «Los yrr han cambiado el mundo para siempre».
¿Lo han hecho?
Han ejercido una influencia decisiva sobre nuestro destino, y sin embargo apenas sabemos nada sobre ellos. Creemos conocer su bioquímica, pero ¿significa eso que los conocemos de verdad? Desde entonces no hemos vuelto a verlos. Sólo en el mar suenan sus señales, incomprensibles porque no están pensadas para nosotros. ¿Cómo genera ruidos un conglomerado de gelatina? ¿Cómo los recibe? Dos de entre millones de preguntas que de nada sirve formular. Las respuestas están en nosotros. Solamente en nosotros.
Quizá sea hora de que se produzca otra revolución de la humanidad con el fin de compaginar nuestra herencia arcaica con la evolución de nuestra inteligencia. Si queremos ser dignos del don que sigue siendo la Tierra, no hemos de investigar a los yrr, sino a nosotros mismos. Sólo el conocimiento de nuestro origen, que hemos aprendido a negar entre rascacielos y ordenadores, nos indicará el camino a un futuro mejor.

30 de setiembre de 2010

Streaming en Tiempo Real

Distancia Líquida.
Suranga Chandratillake, fundador de blinkx, dijo:
"el vídeo en tiempo real es la actividad de más rápido crecimiento en móviles, y hay una gran demanda de aplicaciones multimedia.

20 de agosto de 2010

Los Bemoles de la Web

ChatRoulette y las Variantes del BigBrother.
ChatRoulette.
A principios de este año, tuvimos noticias de un sitio basado en el streaming de video en tiempo real, en el que los usuarios podían casi mostrar todo lo que se les antojase. Desde imágenes cuando están comiendo, o matando el tiempo, o, el más recurrido por los usuarios, mostrándose desnudos. El sitio ofrece una participación y una lógica interactiva. Es un servicio de videochat donde los visitantes pueden estar observando horas y horas el cuarto de otro muchacho de su edad, conversando o simplemente mirando. Y, cambiar de sesión, para pasar a la habitación de otro muchacho en el otro lado del mundo.
La idea se antoja más que curiosa, inquietante, y hasta preocupante, sobre todo para los padres, y quienes ya de hecho, no entenderán la era del Internet y menos la lógica de las redes. En el Youtube, uno puede subir los videos ya grabados. Aquí, en ChatRoulette, las imágenes van en tiempo real. De hecho, tal como se ha señalado en algunos sitios, se ha comentado que muchos de estas transmisiones caseras pero en tiempo real, utilizan cámaras ocultas en baños o vestidores para mujeres.
Sí pues, claro que sabíamos que Internet sería una caja de Pandora. Vale decir, que una vez abierta, nos iba a traer cosas inesperadas e impredecibles. Aquí, el voyeurismo on line y en tiempo real, experimenta su epifanía más rutilante.
Y, si además pensamos que este Chatroulette ha sido creado por un chico de diesisiete años,

10 de agosto de 2009

Sobre la cultura y las culturas

Lo insólito en Vargas Llosa
En el último discurso que brindara Mario Vargas Llosa, a raíz de su condecoración en la Universidad de Granada, se encuentran algunos tópicos interesantes y otros aún insuficientes para la comprensión del significado de cultura, desde nuestra perspectiva personal.
El escritor empieza por definir el significado de "cultura" y le da significación a través de los distintos momentos de la historia humana, para ir llegando al estado en el que se encuentra hoy. Vargas Llosa construye un decurso para ir configurando el epílogo al que ha llegado la cultura en la sociedad contemporánea. En dicho discurso, se evidencia una doble preocupación. Una de hirviente actualidad, como es la amenaza de un proceso, una pulsión de autodestrucción en el hombre, y otra, menos trascendente pero muy afín al espíritu del hombre culto que es el autor de Conversación en la Catedral, como es la distinción entre lo que es cultura y lo que no.
En principio, es la primera vez que escuchamos a Vargas Llosa, pronunciarse con este tono de cierta alarma, de cierta urgencia, sobre el riesgo real que ya se cierne sobre la continuidad de la vida humana en el mundo actual. De hecho, es de notarse que el escritor, por encima de la noción de libertad, su permanente obcesión, haya puesto como prioridad el tema de la posibilidad de una interrupción en la existencia humana sobre la tierra. Precisamente, en un artículo reciente, Naomi Klein subraya el carácter de emergencia que tiene el tema de la amenaza ecológica en la actualidad.
Lo central aquí, es la relación que existe entre la noción de cultura, yo diría de civilización, y el estado audtodestructivo al que se ha dirigido la civilización moderna. Este es el primer gran vacío que se encuentra en la ponencia ofrecida por Vargas Llosa. El escritor no identifica, no encuentra identidad entre la genética de la cultura, la civilización moderna y el camino tomado por ésta hacia el punto en el que se ha puesto a sí misma. Hay que recordar como es que ya varios filósofos como Jonas o Chardin, economistas como Samir Amin, y activistas como Bookchin han puesto en relieve el carácter fuertemente autodestructivo que ha tomado la modernidad respecto del futuro. No hay límites, siempre se puede empezar de nuevo, siempre podremos tener una segunda oportunidad, es lo que subyace a la acción histérica y compulsiva que denota la velocidad con que marcha la cultura moderna.
Vargas Llosa pone en la mira de su análisis, la disputa entre lo que debería ser considerado culto y lo que aún con todo y los esfuerzos de los antropólogos y la denominada "corrección política", no llega a ser cultura. Este segundo aspecto que encuentro en su ponencia, está intensamente evaluada y criticada por nuestro escritor. Culpa a Mijail Bajtin y en especial a los teóricos actuales de la interculturalidad por haberse tirado abajo los límites entre lo culto y lo inculto. Le reprocha a la sensibilidad contemporánea por asignarle la misma importancia a un cuadro de Goya que a una exposición de excéntricos outsiders de la cultura. En este punto, el segundo vacío que encontramos en lo expuesto por Vargas Llosa es que olvida que, tal como lo señalara el filósofo peruano Juan Abugattas, la cultura es en última instancia un constructo. Es una construcción social y que su significación reside en la funcionalidad para la vida. Es lo que Wittgenstein, en otro terreno, le atribuía al lenguaje, su significación como herramienta para la vida. La intención que se desprende del alegato de Vargas Llosa es tal, que incluso ha confundido a críticos puntillosos como Gustavo Faverón, quién en un post poco documentado,
se pelea con una pretendida intencionalidad en Vargas Llosa por establecer un tribunal, una prelatura para determinar lo que sería cultura.
Considero que es de una gran significación que el laureado escritor empiece a mirar con especial interés y preocupación la perspectiva que le toca a la humanidad y lo que viene aparejado con ello. Finalmente, la necesidad de contar o disponer de mejores criterios para la valoración de la noción de cultura, puede ser muy útil si su valor se orienta más que a dicernir lo culto de lo inculto, sí a validar lo relevante y vital para la condición humana actual, cara a lo que es su mayor reto actual, a saber: construir un proyecto humano viable y digno de ser vivido.

31 de enero de 2008

Cultivar el Futuro

En semanas pasadas, una vez más, se ha encontrado en el norte del país, la región Lambayeque, un nuevo objeto de gran valor y mayor antigüedad. Una escultura de bronce perteneciente a la cultura Moche cuya antigüedad dataría de más de mil ochocientos años. Naturalmente, es comprensible que Una región como la del Perú, pródiga en testimonios arqueológicos, haya impregnado en su población, una reverencia por el pasado. Pero, también es cierto, que se trata de una reverencia a menudo maleable, a menudo puesta en función de las necesidades o las convenciones del momento. Los antropólogos y estudiosos, como es natural, manifiestan su entusiasmo y fascinación con cada uno de estos nuevos hallazgos. Luego, la prensa destaca el hecho en una mecánica repetición de las virtudes y el valor de nuestro pasado histórico. Y, finalmente, la población en general, internaliza el discurso de veneración y valoración por lo que se supone, es nuestra mayor riqueza cultural.
En tiempos en que el presente muestra cambios en terrenos tan disímiles como el clima, la biología, la tecnología y el imaginario intersubjetivo, pareciera hacerse necesario ponerle el mismo entusiasmo y las mismas energías en cultivar el futuro.
Saber que el reino del Señor de Sipán no data de 1700 años sino de más de 1800 años, nos inspira una mecánica valoración de nuestro pasado. Sentimos que podemos ser un poco mejores como colectividad, en razón de nuestra mayor antigüedad. Nos embarcamos en la meta de incluir a Macchu Picchu dentro de las siete nuevas maravillas del mundo como una cruzada nacional. Peruanos hipernacionalistas o peruanistas hiperarcaístas tratan de subrayar que la ciudadela de Caral, es tan antigua como el viejo Egipto. Y, aún con todo ello, siempre nos quedará la sensación de que hay, o tiene que haber, algo más antiguo. Alguna ciudadela, algún complejo arquitectónico, o, cuando menos, algún tejido o ceramio más antiguo que el anterior. Como si cuanto más lejos lleguemos en la línea temporal del pasado, seremos tanto más grandes, o tengamos más legitimidad como colectivo.
Sin desmerecer la legítima pasión por el pasado, me parece que algo va faltando, con respecto a nuestra propia legitimación como colectividad. El presente lo estamos usando para venerar el pasado y muy poco para asegurar y legitimar el futuro. ¿Cuánto esfuerzo se está poniendo para lograr que las nuevas generaciones de peruanos tengan presencia en el futuro?. ¿Cuánto nos está interesando nuestra presencia en el futuro?.
Está claro que nuestro pasado es bastante prolongado y absolutamente meritorio en términos culturales y civilizatorios. Pero, ¿no sería mejor, o por lo menos, más útil tratar de cultivar el futuro?. ¿No es más sensato ocuparnos ahora de las nuevas condiciones materiales y culturales en la que se desenvolverán las nuevas generaciones de peruanos?.
Por supuesto, la pregunta DE si existe alguna contraposición entre una cosa y otra, puede ser legítima. Evidentemente en rigor no existe oposición entre buscar que comprender nuestro pasado y tratar de edificar el futuro. Sin perjuicio de los esfuerzos por conocer y comprender nuestro pasado, es posible emprender la indispensable epopeya de construir, de inventar nuestro futuro. Eso, sin duda alguna.
Pero, hay que estar claros también, de que ese es nuestro mayor reto. Es lo único que nos proporcionará nuestra real autolegitimación como grupo humano. De hecho, antes que la papa, la Maca o algún otro producto, esa capacidad de edificar el futuro, podría ser nuestra mayor contribución con el resto de la comunidad humana, si así lo decidiéramos.
En las condiciones actuales, todavía nos encontramos con la resaca del desarrollismo ingenuo. Andamos tratando de atraer inversiones, buscando firmar TLC con todo el que tenga la bolsa gruesa. En nuestro caso, la noción del rescate del pasado, está vinculado a la industria del turismo, así como la reverencia de nuestras riquezas naturales están vinculadas a las necesidades del mercado de compradores de minas o de zonas protegidas.
Cultivar el futuro significará dar un paso adelante. Significará o, debería significar, pensar en mil ochocientos, dos mil, o tres mil años pero hacia delante. Como dijo el Dr. Abugattás, nuestras mayores creencias hay que ponerlas adelante, en el futuro, y no allá atrás, en el pasado.

21 de diciembre de 2007

Sentido

A lo largo de la historia, según los momentos en el curso de la civilización o el avance de las ciencias, se ha definido al ser humano, como un ser racional, como un ser pensante, (Homo Sapiens), etc. En los tiempos de las sociedades industriales, hay quienes lo han definido como “Homo faver”; un ser definido por su capacidad de producir. Definición que más bien se acomoda a la ética del trabajo anglosajona. Recuerdo que en el colegio, nuestros maestros solían definir al hombre como un ser bio-psico-social, dicho con un silabeo en el que trataban de mostrar la complejidad del concepto.
Pareciera irónico que la sola necesidad de definir al ser humano, resulte una pretensión poco seria. Sobre todo ahora, que su propia naturaleza ya es susceptible de manipulación. La ironía es que el hombre no terminaba de comprenderse, ni de definir su condición, cuando ya la ciencia traspasó las últimas barreras para la manipulación de su constitución biológica y, en consecuencia, de su conducta.
Sin embargo, cuando se piensa en fenómenos como la depresión, la anomia o el goce autodestructivo, cada vez más generalizados, se plantea la necesidad de indagar cuestiones como: ¿Porqué la razón no basta para superar alguno de esos temas?. O ¿Porqué la ética, la moral, o la religión no alcanzan para acomodar los afanes e ímpetus humanos?. ¿Qué falta?, ‘qué vacío requiere llenarse para aliviar siquiera en parte, alguno de los dolores contemporáneos en el ser humano.
Existe desde la filosofía reciente, la intuición de que el sentido y no solo ya el sentido vital de los individuos sino una forma más compartida del SENTIDO VITAL, sería lo más cercano a lo que el hombre o la “especie Homo”, necesita con urgencia. Castoriadis como otros filósofos, ya se han aproximado al tema con el concepto de “significancia”.
Lo cierto es que un ser tan inquietantemente inestable como el ser humano, pareciera acusar la falta de un sentido vital que le sostenga la existencia. Esa pareciera ser la clave. El SENTIDO y la EXISTENCIA.
Diera la impresión de que cuando eso se pierde, ni la razón ni las gratificaciones inmediatas pueden suplir su carencia. Una civilización como la nuestra, la occidental, parece haber descuidado este factor decisivo en la condición humana. La civilización occidental se hizo diestra en la producción material y técnica. Nunca como antes en la historia, el ser humano ha logrado dominar la técnica a niveles de asombro. Nunca como antes, el éxtasis del acceso a la información ha sido un factor de realización personal y optimismo social. Sin embargo, justo cuando la fiesta, esta epifanía tecnológica se enseñoreaba, un fantasma aguafiestas se cierne en el horizonte: LA FALTA DE SIGNIFICADO PROFUNDO EN LA EXISTENCIA.¿Estamos hablando de existencialismo?. Evidentemente no. El fenómeno ya no es ni puede ser individual como creía o quería el buen Sartre. Es una cuestión de familia, de especie.
Repito aquí, el sentido de lo que expresaron las palabras del Dr. Abugattás, el año 1998:
“Para el cosmos, como especie no somos más relevantes que cualquier otro bicho. Podríamos desaparecer y sin embargo, el cosmos, el universo, no se va a resentir”.
Efectivamente, nuestra ausencia como especie no presentaría mayor impacto para nuestro entorno cósmico. El problema, es para nosotros. Pero, el problema, ahora es que tampoco parece ser relevante para los seres humanos en general. Solo se percibe un gran vacío. Se intuye la ausencia de algo profundo. Curiosamente quienes más expresan este fenómeno no son las mayorías pobres y excluidas del planeta sino, las sociedades más estables económicamente.
El SENTIDO, individual o como especie, es una deuda pendiente que el ser humano parece tener consigo mismo; una deuda que acaso, puede decidir no solo la viabilidad de nuestra presencia como especie, sino la conveniencia de seguir, de continuar presentes en este mundo.

10 de diciembre de 2007

El Temperamento Peruano

Las diferentes realidades y los distintos grupos humanos suelen mostrar rasgos de alguna característica especial. Cuando pensamos en el brasileño, en el temperamento brasileño, uno se siente inclinado a percibir o destacar esa impronta de alegría de ser. Con el mexicano más bien se siente un cierto chauvinismo cultural. Por lo general, encantador, aunque a veces, empalagoso. Con el temperamento argentino, específicamente Con el porteño, suele percibirse una divertida suficiencia y una agudeza que suele confundirse con la del vivo, dicho todo esto en términos generales por supuesto.
Con los chilenos, uno encuentra una extroversión y una calidez que poco podría imaginar el peruano; pero, que, en mi caso, puedo refrendar por experiencia propia.
En el caribeño se percibe ese espíritu locuaz y divertidamente dicharachero. En el español una gravedad y, a menudo, hasta una sequedad inquietante. En el americano, en términos generales, insisto, hay una dosis de impronta lúdica e infantil; tanto en el vestir, como en el ser o el hacer. En el peruano, que evidentemente es lo que nos impulsa a escribir estas líneas, hay algo que no llega a definirse del todo, desde mi percepción.
En algún momento me sentí tentado de identificar la timidez como nuestro rasgo característico. Luego, a raíz de alguna entrevista a unos turistas holandeses, intuí la tristeza. Más recientemente he sostenido frecuentemente que un rasgo característico es la baja autoestima. Aunque también llegué a identificar la dulzura o la ternura, en términos muy genéricos, como vengo insistiendo.
Lo cierto es que el temperamento peruano; puesto frente o junto a otros tipos culturales, suele mostrar ese apocamiento, esa cortedad expresiva, incluso esa tristeza vallejiana.
No es necesario referir nuestra performance futbolística o nuestra histórica incompetencia en las gestas militares. Nuestros principales héroes, lo son como protagonistas de guerras perdidas. Y en el fútbol, ha sido frecuente la carencia de personalidad para siquiera mantener resultados favorables.
Pero, ¿cuál es el problema?, ¿nos falta aplomo?, ¿necesitamos aplomo?. Probablemente sí. Qué duda cabe que un poco de aplomo podría contribuir junto con otros factores a remontar problemas del presente. Sin embargo, un examen más consistente, debería mostrarnos nuestro genoma cultural. Por decirlo de algún modo. Un mapa de la estructura básica de nuestra idiosincrasia y nuestro modo de encarar el mundo.
Tengo la impresión de que en la actualidad, como resultado de una mayor penetración de los medios masivos, existe una generación un tanto más desenfadada. Un creciente espíritu de extroversión y locuacidad, sobre todo, en determinados sectores sociales. Lo que es evidente es que este rasgo reciente tiene una raíz mediática. Se trata de llenar el silencio, con lo que sea. Se trata de ganar micrófono, de robar cámaras, como usualmente se dice entre los comunicadores. O, lo que algunos llaman, el figuretismo, (una expresión de origen rioplatense). Figuretismo, que, siendo una necesidad, un disfuerzo por figurar, revela o constata nuestra proverbial baja autoestima.
No obstante, insisto, aún nos falta una dosis de aplomo. Una cierta seguridad y confianza en lo propio. Vale decir, en las capacidades propias.
En cualquier caso, es imprescindible explorar nuestro propio horizonte cultural desde la perspectiva de nuestro temperamento, de nuestro espíritu colectivo. Pero ¿para que?. Para empezar a ser. Ser lo que realmente nos toca ser. Y no, lo que la tradición o la imagen mediática nos señale lo que podemos ser.

29 de marzo de 2007

LA SINGULARIDAD TECNOLÓGICA

El largo proceso que ha seguido el universo, el curso de su evolución, ha tenido, sin lugar a dudas, verdaderos hitos que a posteriori determinaron una transformación radical en su propio proceso de desarrollo. Podríamos mencionar a manera de ejemplos, el impulso crítico que dio lugar a la constitución de los grandes cuerpos celestes, los astros y planetas que ahora conocemos. Podríamos también pensar en la aparición de la vida y, específicamente, de la vida orgánica que conocemos. Probablemente, en el momento que surgieron las primeras moléculas autorreplicadoras, alguna forma de organismo incipiente, tuvo lugar el primer caso de singularidad. Fue el paso de procesos de materia inerte a procesos de materia orgánica.

El otro caso de singularidad tuvo que haber sido, con toda seguridad, la aparición de la conciencia humana. El momento en que uno de esos organismos superiores, la especie homo, esbozó los primeros rasgos de conciencia respecto de su entorno y de sí mismo.

A inicios del denominado tercer milenio, y luego de más de un siglo de ímpetus tecnológicos, la noción de un tercer hito en la historia del mundo, por lo menos del mundo que conocemos, se cierne sutil pero inquietantemente entre expertos de la tecnología. Entre entusiastas y catastrofistas de la tecnología.

Vernor Vinge, matemático y escritor de ciencia ficción ha formulado una de las hipótesis más inquietantes acerca de el curso que el mundo contemporáneo podría haber adoptado aún sin ser conciente de sus consecuencias.

Según Vinge, de acuerdo con la llamada "Ley de Moore", que fija los patrones de crecimiento exponencial en el desarrollo de la tecnología, con una razón de incremento de dos años, hacia el 2020 podría darse la paridad entre el hardware y el cerebro humano en términos de funcionalidad y capacidad. Se trata simplemente de tomar en cuenta el carácter del crecimiento no solo de los micro o, ahora llamados, nanocircuitos, sino de los modelos en que actualmente se articulan los factores de procesamiento de información. El concepto del Google es uno de ellos donde la capacidad no se basa solo en la tecnología que usa sino en el modo de utilizar sus recursos.

Pero lo más interesante es aquello que Vernor Vinge sugiere que podría haber después de ese momento. Es a ello a lo que ha denominado la "Singularidad Tecnológica". Vale decir, el momento en que nuestra realidad, nuestra historia, dará lugar al nacimiento de un modo de inteligencia absolutamente nueva y radicalmente distinta.

Lo realmente inquietante de esta teoría es que a diferencia de los mejores sueños de los futuristas del siglo XX, no se trata de una inteligencia, digamos, compañera de la inteligencia humana. Sino, que de acuerdo con el proceso evolutivo, sería una inteligencia superior destinada a crear entornos y visiones del mundo distinta a la que ahora es compatible con la vida humana.

Y, es que de acuerdo con la naturaleza del desarrollo compulsivo en el cual han ingresado las investigaciones en tecnología, La llamada "singularidad" ofrecerá las condiciones fértiles donde la tecnología tendría la autonomía para crear inteligencia superior a la humana. Puesto, que la nueva inteligencia, si cabe el término, estaría en mejores condiciones para desarrollar su propia naturaleza. Vale decir, la tecnología misma.

Evidentemente, una perspectiva de esta magnitud abre un sin número de dilemas éticos, filosóficos y, tal como el propio Vinge lo insinúa al final de su ponencia, problemas vinculados con nuestras concepciones sobre la trascendencia. Vinge señala: "la aproximación de una singularidad esencial en la historia de la raza humana más allá de la cual la vida humana, tal como la conocemos, no tiene continuidad".

Adicionalmente, algo que llama la atención de la teoría de Vinge es que en ella hay menos entusiasmo por los desarrollos en inteligencia artificial que por otros fenómenos menos concientes y más vinculados a una lógica evolutiva. Efectivamente, Vinge reconoce en el desarrollo de la red global, el Internet, algunos fenómenos que siendo aleatorios, comportan una tendencia a lo que él llama "inteligencia amplificada". Refiere, de acuerdo con expertos en procesos evolutivos, como es que el mutualismo ha sido una fuerza impulsora de la evolución y, que por lo tanto, análogamente, los rasgos que se han impuesto en la lógica de redes podría estar contribuyendo más eficientemente en el forjamiento de la "singularidad tecnológica" que, por ejemplo, la propia teoría de la inteligencia artificial.

En cualquier caso, según Vinge, aún cuando pudiéramos diseñar la llegada de la "singularidad", es decir, si se pudiera apostar por eso que llama un "nacimiento suave" de la singularidad, parece ser irreversible el proceso que tiende hacia su realización.

Algo de esto fue previsto por el Dr. Abugáttas cuando subrayaba la demanda actual por forjar un nuevo sentido a la existencia humana. Una necesidad de trascendencia racional y conciente. Desprovista de los embrujos y visiones arcaicos que antes pusieron al ser humano como un subproducto de voluntades extrafísicas y caprichosas. Una trascendencia basada en las condiciones actuales del ser humano.

11 de diciembre de 2006

LA ERGONOMÍA EN LA REPRESENTACIÓN DE LA INFORMACIÓN*

A partir del surgimiento del lenguaje articulado en los albores de la civilización humana, el hombre se planteó la necesidad de representar, registrar y transmitir los conocimientos adquiridos por cada generación mediante el uso de símbolos que buscaban representar el instrumento que ya le era posible referenciar: el discurso. El discurso oral fue instrumentalizado en el discurso escrito. En su forma más elemental: el texto.

Posteriormente con la llegada de la imprenta el texto escrito cobra una preeminencia cuyo reino se prolongará por más de cinco siglos, hasta la aparición de las formas electrónicas de representación de información. El hombre contemporáneo, en momentos en que ya le es posible disponer de nuevas herramientas para representar la información, especialmente cuando las denominadas NTI salen de los claustros militares y científicos, se enfrenta con una reformulación de paradigmas, que aún está en proceso de definirse.

El asunto de la representación del conocimiento en la actualidad comporta una serie de nuevas cuestiones y desafíos. No es ya, únicamente, una cuestión lingüística como quería Saussure o un asunto de Análisis del Discurso como estiman algunos teóricos de la comunicación. En los últimos tiempos se ha planteado con creciente fuerza el tema del diseño de los entornos a partir de las teorías de la disciplina de la ergonómica.

Después de las intuiciones de Vittgenstein sobre la indisolubilidad del pensamiento del lenguaje, nuevamente podría abrirse esta cuestión a la posibilidad de independizar el conocimiento humano de las formas y los medios de representación como un modo de concebir el conocimiento en su forma más abierta y por tanto accesible para cualquier forma de interacción e internalización.

La ergonomía en la representación de los conocimientos, supone la concepción del principio de “diseño universal en la información y en el conocimiento. La presente ponencia busca exponer sumariamente algunos elementos de análisis para considerar la representación del conocimiento, a partir de la aplicación de tecnología, en condiciones que asegure su accesibilidad en el sentido más amplio del término.



*Extracto de la Ponencia presentada el 11 de noviembre de 2006 en la PUCP.

PROYECTO CIVILIZATORIO

Frente a la creciente demanda de formular o inventar propuestas para darle un curso más promisorio a las actuales energías humanas que buscan encaminarse en algún sentido viable, se abre la posibilidad de explorar caminos distintos a los ensayados en tiempos pasados. Hasta el siglo XX, por no decir hasta la actualidad, se ha percibido a la esfera social como la imagen más representativa de la realidad, por lo menos la realidad que le concierne a la humanidad.

En virtud de esto, puede observarse como es que las propuestas o esfuerzos por "cambiar" el mundo, pasaban por pensar en transformar la SOCIEDAD, pero, siempre , desde la dimensión de la POLÍTICA. Así, desde la gran epopeya de la revolución francesa donde una fuerza alimentada por la ilustración, pero cristalizada en un proceso social, irrumpió en la realidad, en el estado de cosas, y le infligió un cambio profundo e inexorable, hasta los movimientos de corte marxistas, anarquistas y otros proyectos sociales como el liberalismo, o la socialdemocracia, en el siglo XX, apuntaron invariablemente hacia el ámbito socio-político cuando no, exclusivamente de lo POLÍTICO. Aunque bien es cierto, que en algunos momentos también se privilegió el ámbito de la economía y, más recientemente, el de la técnica.

De tal modo que la esfera por excelencia, el blanco preferido ha sido la esfera social, sociohistórica, y, esencialmente , la dimensión política. Todas las energías disidentes, las iniciativas utopistas, y, más aún, las voluntades revolucionarias han buscado incidir en el sistema político. Cabe reconocer, pues, que frente a la necesidad de transformar el mundo, la realidad o la vida social, se ha privilegiado la política como el espacio decisivo para intentarlo. Las respuestas mas comprometidas con la necesidad de transformar la realidad y el mundo, no pudieron librarse de esta lógica de privilegiamiento de lo político y se limitaron a este terreno dejando intacta la dimensión civilizatoria que las anida.

Ahora bien, en las circunstancias actuales y, a tenor de los procesos vividos, cabe preguntarse si este ámbito de lo político, puede seguir siendo el escenario en el cual se deban concentrar las energías y pulsiones disidentes o liberadoras. Vale decir, que si después de todo lo observado en el siglo XX, puede o debe seguir tomándose a la política como la praxis humana preferida para promover los cambios que se requieren para darle un curso menos destructivo y más racional a la especie humana.

Claro está, previo a esto, será indispensable fundamentar si aún tiene sentido buscar que cambiar el mundo, la realidad, pues hasta esta cuestión parece haberse desgastado. Sin embargo aquí queremos concentrarnos en reflexionar acerca de la esfera o terreno en el cual cabría instalar las energías mas renovadoras y emancipadoras del presente, si esa fuera la alternativa válida.

Sociedad o Civilización

Sin la intención de sistematizar categorías que encasillen los ámbitos en los que discurre nuestra percepción de la realidad, intentaremos proponer un ejercicio de distinción entre dos niveles en los que se desenvuelve nuestra existencia colectiva.
Nos interesa aquí, atender a dos ámbitos de la realidad humana, no siempre, fácilmente distinguibles. En principio, la esfera social.
Por lo general, tiende a verse en lo social, el espacio por excelencia de la realidad humana que, presuntamente, envuelve casi todas las dimensiones del hombre. Se busca encontrar terrenos mas específicos que, se supone, conforman la realidad social, con demarcaciones como la esfera de la política, la economía, la historia, la dimensión sicológica, el derecho, etc. Evidentemente, tal categorización se origina en los intentos de las ciencias por clasificar sus propios ámbitos de investigación y proyección de la realidad. Por lo cual, esta diferenciación respondería a una necesidad que no proviene de la vida misma, de la existencia concreta del ser humano sino de necesidades instrumentales como la organización del quehacer académico y científico.

Sin embargo, en razón de estos intentos de diferenciación o clasificación de la existencia colectiva del hombre, se ha descuidado una esfera o, más bien, una supraesfera que al parecer envuelve y, a la vez, es escenario de lo social. Nos referimos a la esfera de la CIVILIZACIÓN.

Evidentemente puede resultar difícil elaborar una definición de lo civilizatorio. No obstante ello, podría tomarse la perspectiva de la filosofía actual al identificar la civilización como el horizonte multisistémico basada en determinadas nociones del mundo y de la vida que sobrepasa lo religioso y cultural y que son compartidas por verdaderos conglomerados de pueblos y latitudes eventualmente disímiles, pero de algún modo vinculados entre sí. La civilización comporta algo así como una cosmovisión que se nutre de perspectivas religiosas, culturales, modelos de vida y ciertos sistemas de valores que sostienen, desde su base, las estructuras económicas, políticas y sociales y cuyo alcance sobrepasa generaciones y épocas enteras. En el caso de la civilización occidental, por ejemplo, rasgos como la fe en la razón, en la tecnociencia, en la idea de progreso o en la idea del individuo con derechos y obligaciones, han determinado el carácter que adoptó esta civilización a lo largo de los últimos siglos.

A su vez, es indispensable reconocer que en cualquier caso, tanto las civilizaciones como las culturas son forjadas a partir de los elementos proporcionados por la existencia concreta de sus portadores o usuarios. Puede existir una diferencia real y notoria entre un puritano anglosajón y un comerciante de extracción andina, por ejemplo, pero ambos pueden ser usuarios hábiles del dinero, como elemento de intercambio. O, en otro sentido, pueden percibirse diferencias inequívocas entre un sicario del narcotráfico y un fiel islámico, pero en determinadas circunstancias, ambos pueden ser diestros con un fusil automático. Vale decir, aunque un hombre andino aún crea en sus referentes culturales, para cuestiones concretas, el dinero le es tan significativo como lo sería para un especulador de Wall Street. Así como, un árabe puede mantener su fé en la palabra de Mahoma, pero en situaciones límite, se comportará con un arma de fuego tan eficientemente como el peor mercenario. Lo cierto es que en ambos casos, están presentes dos elementos típicamente occidentales como el dinero y el arma de fuego que, al margen de las culturas, sociedades o religiones, funcionan y forman parte de la vida de los participantes de la civilización occidental.

Una Nueva Dimensión Demanda Una Nueva Praxis

En función de estas reflexiones, consideramos que la posibilidad de pensar en alguna acción colectiva que busque incidir en el rumbo en el cual se encuentra el mundo contemporáneo, deberá definirse tomando en cuenta la multiplicidad y simultaneidad de variables que operan en la realidad presente. Deberá, así mismo, apuntar en sus reflexiones y en su praxis, a las bases civilizatorias que la sustentan.

Dada la complejidad de este tema, lo que cabría hacer es propiciar un proceso de reflexiones acerca de la posibilidad de alimentar una propuesta liberadora en los tiempos actuales y suscitar la participación de todas las energías disidentes, utopistas o emancipadoras.

En principio, en concordancia con la envergadura de los desafíos actuales, parece ser inevitable abordar la realidad y las demandas del presente en un nivel CIVILIZATORIO. Sin embargo, una incidencia en dicho nivel no se puede desarrollar de modo directo, sino mediante un proceso continuo de transformaciones. Por lo cual, las condiciones para ejercer acción, digamos, acción liberadora o emancipadora, tendrían que producirse en ámbitos o esferas mas específicas pero con un carácter de múltiple acción, utilizando lo que podríamos llamar una: LÓGICA DE REDES.

Así, por ejemplo, en el plano social cabe abordar el tema de las relaciones entre individuos y entre grupos para descubrir los elementos o códigos que condicionan la conducta tanto individual como intersubjetiva. Consideramos que un ejercicio de fenomenología cultural podría contribuir con este propósito, tal como lo percibiera el doctor Abugattás. En el plano de la economía, talvez sea preciso sincerar la relación entre producción y consumo para rediseñar un esquema de dinámica económica mas orgánica. Vale decir, si se establece una relación coherente entre la producción y el consumo se lograría un funcionamiento mas sistémico, en el sentido en que funcionan los organismos vivos, donde el flujo de recursos y energía están reguladas por su propia necesidad interna y no por designios arbitrarios del entorno. Por lo tanto, si hay equilibrio hay salud, si no lo hay entonces sobreviene alguna enfermedad. De manera tal que no sería ninguna mano invisible del mercado la que determine el equilibrio de la economía, sino una necesidad inherente a los protagonistas del proceso económico, o sea las personas, que tanto pueden desenvolverse como productores al tiempo que pueden ser consumidores, por no mencionar los roles intermedios y complementarios. Pero además, cabe replantear y reasignar un nuevo carácter al valor. Consideramos que El dinero no puede seguir siendo el portador de valor económico. Las necesidades de intercambio, no pueden seguir resolviéndose por medio de las funciones del dinero que, según todas las indicaciones actuales, ya habría cumplido su ciclo como factor de cambio. El valor tiene que volver a depositarse en el único factor que genera y confiere valor a las cosas: la persona. pero no en el sentido burdo de "capital humano", sino como una función de ASIGNADOR DE VALOR, que le es, o debiera ser, inherente a cada ser humano.
En el plano de la ética o la moral, talvez se requiera construir un nuevo sistema de valores que potencien las relaciones interpersonales. Así como el forjamiento de modelos de vida basados en la celebración de la vida, como un rasgo característico, en lugar de la histeria por el crecimiento y el consumo, actualmente vigentes. En este sentido existen rasgos culturales como el espíritu lúdico del latino que ha diferencia de la ética puritana , puede resultar un insumo valioso para la configuración de nuevos sistemas de valores.

Ahora bien, lo central de todo esto es que toda acción que incida en estas esferas específicas, probablemente pasen de manera inevitable por la necesidad de formular un proyecto civilizatorio, una apuesta global que se oriente a la configuración de una civilización distinta a la que predomina actualmente, una civilización a la medida de sus usuarios y portadores.

La acción específica y concreta puede ser una praxis como la lógica de redes, vale decir, utilizando simultáneamente diversas fuentes de energía creadora y operando simultáneamente en cada dimensión de la vida y la condición humana como parte de una cultura liberadora, pero la acción supradimensional , la praxis global implica inevitablemente el forjamiento de una cosmovisión a la medida de las generaciones por venir.

Estas son tareas que requerirán forjarse mas allá de iniciativas aisladas, requiere un esfuerzo colectivo, casi generacional, por definir los perfiles de esta nueva cosmovisión de la existencia humana.

ENFOQUES SOBRE LA CONCIENCIA

Frente a diversas formas de acercamiento a la realidad, parece que hubieran algunas que producen mayor sobresalto que otras. Por lo general, la mayoría tiende a vivenciar directa pero vivencialmente las cosas, es decir, se entregan de un modo instintivo y sin reparos. Pienso, por ejemplo, en mi madre, o en algunos amigos que básicamente valoran los hechos, los instantes que les toca experimentar, provistos únicamente de su capacidad para sentir y, eventualmente, para narrar sus percepciones o sensaciones del modo más fiel y emotivo que su memoria y su elocuencia les permite.

Pero, al mismo tiempo puede notarse cómo es que las personas se sobresaltan o, por lo menos, se inquietan cuando alguien pasa un vistazo con la conciencia, como si de una cámara de video, se tratara. Es decir, cuando se les enfoca con la razón. Mostrándose rasgos o detalles que por lo común se asumen como obvios o normales. Por ejemplo, cuando se presencia el gesto de una persona que dice algo respecto de un asunto que también compete a otra persona, en términos que pudiera definirse como expresivo, por lo general la gente se detiene en los énfasis, en los gestos y en todos los signos visibles que formaron parte de lo observado. Así, se suele dar cuenta de elementos y aspectos que concurren en el instante en cuestión.

El punto es que cuando uno proyecta la conciencia y hace que los demás lo sigan en ese trayecto, algunos se siente perturbados y hasta desconfiados que ello sea honesto, o leal. Si uno afirmara, por ejemplo, el señor X no solo trataba de expresar lo señalado por sus palabras, sino además, quiso dar a notar tal y tal cosa; o si se invita a los demás a buscar o, quizá, a leer las intenciones que esconden sus expresiones convencionales, utilizando no la especulación arbitraria que es oficio, más bien, del chismoso, sino de interpretaciones basadas en el llamado "sentido común", recurso que no proviene de la simple intuición y la deducción, como ya lo señalamos líneas arriba, antes bien un conjunto de antecedentes que apuntan en determinado sentido; entonces, el pudor se apodera de la mayoría.

Lo que tratamos de exponer aquí son los temores y la abierta resistencia de la mayoría a desplegar la conciencia como una linterna que ayuda a descubrir zonas y esferas que no suelen estar a la vista de los sentidos. En el terreno de las relaciones personales es normal dejar muchas cosas al amparo de la oscuridad como una forma de proteger las partes más sensibles de nuestro espíritu, viene a ser casi como la necesidad que tiene la mayoría de vestirse. No siempre le es cómodo, a veces hasta les perjudica en algún sentido, pero indefectiblemente siempre sentirán la necesidad de estar vestidos cuando interactúan con alguien, excepto, claro está, cuando se trata de un encuentro íntimo.

El problema, es que muchas de esas cosas que la mayoría prefiere dejar en la oscuridad, en el silencio, terminan saliendo por las vías menos esperadas y, entonces, quiero decir, al salir a luz de ese modo, pueden adquirir una cualidad perniciosa, perjudicial para su propio desarrollo personal.