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10 de mayo de 2011

"El mundo es muy rico como para despreciarlo, ..."

Dice el escritor inglés:
Ian McEwan
Creo que hoy, en la gran tradición europea, hay un muro difícil de traspasar: el de la novela existencialista, que sencillamente me aburre y me hace sentir impaciente. Esas novelas en las que existe una ciudad sin nombre a la que llega un forastero que espera en un hotel alguna llamada sin motivaciones..., ¡ay, no! El mundo es demasiado rico, variado e interesante como para despreciarlo.

25 de noviembre de 2010

Libro: EL QUINTO DÍA

Frank Schätzing.
Frank Schätzing. Image.
Cuando uno lee "best sellers", uno imagina por lo general, libros con argumentos lineales, de trama previsiblemente emocionante, y salpicada de elementos convenientemente trágicos, todo puesto para, fundamentalmente atrapar al lector. 'El Quinto Día', no es el caso. Acabo de terminar de leerlo, luego de casi un año, por cuestiones más logísticas que por interés en su "diegesis", como diría Denegri.
una historia con una cantidad descomunal de información, sobre todo científica, pero por encima de ello, de una complejidad que hace honor a sus pretenciones filosóficas. Y digo filosóficas, porque la novela propone la idea, no sin una dosis de lúdico retorcimiento, de que una vida inteligente no solo sería posible en este planeta, sino, que además, sería lo mejor.
Evidentemente esta historia se inscribe en la línea de esas mega explicaciones acerca de una Tierra, un planeta concebida como un ser vivo, a la manera de "Gaya". En fin, el hecho es que desde el punto de vista de su construcción, es obvio que ha significado una gran tarea de recopilación de información muy actual, y de mucha imaginación para el dibujo de tantas imágenes tan alucinadas, pero verosímiles y hasta plausibles.
Me quedo con los monólogos de la parte final de la historia, donde se resuelve el terrible nudo de la trama. De ehcho, consigno parte del texto final:
Pero también hay esperanza, los primeros indicios de un cambio de ideas acerca de nuestro papel en el planeta. Hay en estos días muchos que intentan entender la diversidad biológica, comprender los auténticos principios unificadores y lo que en última instancia nos une más allá de toda jerarquía. Pues lo que une es lo que asegura nuestra supervivencia. ¿Se ha preguntado alguna vez el ser humano qué efecto tiene sobre la vida de sus descendientes dejarles un planeta empobrecido? ¿Puede determinarse cuál es la verdadera importancia de una especie animal para el espíritu humano? Tenemos un anhelo de bosques, arrecifes de coral, mares llenos de peces, aire puro y aguas limpias. Pero seguimos dañando la Tierra. Y al destruir la diversidad de las formas de vida estamos destruyendo una complejidad que no entendemos, y que aún menos podemos volver a crear. Lo que rompemos queda desmembrado. ¿Puede alguien decidir a qué parte del gran entramado de la naturaleza podemos renunciar? La trama sólo revela su secreto si se mantiene intacta. En una ocasión nos excedimos y la red decidió desembarazarse de nosotros. Por ahora hay un armisticio. Pero más allá de las conclusiones a que puedan llegar los yrr, haríamos bien en facilitarles la decisión todo lo posible. Pues el truco de Karen no funcionará una segunda vez.
Hoy, a un año del hundimiento, abro un periódico y leo: «Los yrr han cambiado el mundo para siempre».
¿Lo han hecho?
Han ejercido una influencia decisiva sobre nuestro destino, y sin embargo apenas sabemos nada sobre ellos. Creemos conocer su bioquímica, pero ¿significa eso que los conocemos de verdad? Desde entonces no hemos vuelto a verlos. Sólo en el mar suenan sus señales, incomprensibles porque no están pensadas para nosotros. ¿Cómo genera ruidos un conglomerado de gelatina? ¿Cómo los recibe? Dos de entre millones de preguntas que de nada sirve formular. Las respuestas están en nosotros. Solamente en nosotros.
Quizá sea hora de que se produzca otra revolución de la humanidad con el fin de compaginar nuestra herencia arcaica con la evolución de nuestra inteligencia. Si queremos ser dignos del don que sigue siendo la Tierra, no hemos de investigar a los yrr, sino a nosotros mismos. Sólo el conocimiento de nuestro origen, que hemos aprendido a negar entre rascacielos y ordenadores, nos indicará el camino a un futuro mejor.

10 de noviembre de 2010

Para Llegar al Paraíso

Cuando Visitar la Tierra del Tío Sam Puede ser un Juego de Vida.
Sales del país porque este ya no te da nada, no te ofrece futuro, y has decidido que tu vida y la de tus hijos, dependen de algo, alguna suerte, fuera de estas tierras. Cargas con lo que tienes, endureces el corazón, te despides de los tuyos como se debe, o sea con tono y chupeta de a de veras, y alzas vuelo.
Recorres tierras que nunca habías visto, y probablemente no volverás a ver. Todo el Ecuador parece apacible, lo es, y también es hermoso. Entras a colombia, siempre por tierra, y la belleza aumenta. corre el rumor de que hay zonas peligrosas, pero, no llegas a constatarlo. Entras en una ciudad que es más bella aún, todos, todos los que van en busca de un sueño, se instalan en una casa muy cerca de un gran y famoso estadio de futbol.
Les advierten que por la noche no hay que andar fuera, pues, la cosa se suele poner fea al ponerse el sol. Estás en Cali, una de las dos ciudades más bravas, más violentas de la colombia de mediados de los noventa.
Por fin, les consiguen a todos sus documentos, los arreglados, para poder viajar en avión, como turistas o como hombres de negocios. Todos arreglados, bien ataviados, se suben a la cosa esa grande y con alas. Es la primera vez que te subirás a un avión, y lamentable que no haya sido en tu tierra. Llegas a Guatemala, y ya desde el aeropuerto, la cosa se pone fea. Todos, todos los que van en el mismo plan tuyo, hacia los EEUU, son abordados por niños, y conducidos a sendos taxis. Como son veinte, se dividen en grupos de a cuatro o de a tres. Todos deben dirigirse a un hotel previamente indicado. Todos llegan, excepto un grupo, a quienes los llevan a un descampado, asaltan y desvalijan de todo lo desvalijable. Llegan al fin al hotel, sin un puto cobre. La indicación del guía, o más conocido como "coyote", es la de no salir por la noche. Pero, a nadie se le antoja siquiera salir de día. Todos están nerviosos, asustados y temerosos de estar en un país extraño, con gente extraña, y encima, como ilegales. Pues, a estas alturas, ya nadie conserva sus identidades reales. Todos han abandonado sus nombres, su nacionalidad, y, a instancias del coyote, incluso sus acentos. Todos deben parecer guatemaltecos, y si es posible, mexicanos, aún sin haber estado todavía en Mexico.
Por la noche, en el hotel, se arma una juerga del carajo. Nadie puede descansar, nadie logra dormir. Deciden salir y hacerle frente al tono, a la fiesta que se ha armado en el salón principal del hotel. Mariachis, orquesta, mucho trago, mucha bullanga centroamericana.
Ella, una joven peruana, ingenua e inocente, se la ha pasado mirando la mano, y sobre todo, los anillos tan llamativos del mariachi principal. Un mexicano en toda regla, bigotes gruesos, sonrisa permanente, y voz alta. Este, el mexicano se da cuenta, y le dice a la peruana: "¿te gusta?. Puede ser tuyo, ¿he?, si vienes conmigo y me enseñas que tal son las peruanas jóvenes, este anillo puede ser tuyo ...". La peruanita se ofende, niega rotundamente la posibilidad, y luego se asusta. A la noche siguiente, todos están descansando, repartidos en varias habitaciones, y en la tuya, tocan la puerta a eso de las tres de la mañana. Insisten, tocando más fuerte. Uno de los compañeros de viaje, abre la puerta y pregunta quién es. Son unas chicas, de acento típicamente centroamericano, y saludan: "hola guapo, mira, somos varias chicas solas, y talvez quieras compañía". "No, compañía ya tenemos", responde el peruano. "Pero, te damos compañía con sexo, vale?", "No, nosotros no pagamos por sexo", responde y cierra la puerta. Después les explican que son chicas de algunos países de centroamérica que también se dirijen a EEUU, pero que en el camino se han quedado sin dinero, y tienen que agenciárselo de alguna forma.
Todo aquí, en este hotel centroamericano es peligroso, es mal intencionado, y está casi preparado para sacarte dinero o, desvalijarte directamente si fuera posible.
Llega el aviso de que van a pasar la frontera mexicana. Van a tomar un bus que los dirijirá hasta cierto pueblito fronterizo, y los dejará cerca, muy cerca del río que divide Guatemala de México, pero a eso de las dos de la madrugada. Todos se embarcan, y van llegando por grupos, hasta completar los veinte. El coyote parece conocer la zona al detalle. Primero van cinco, y entre ellos estás tú. Se aproximan a lo que parece ser una de las orillas del río. El coyote baja un poco hasta el borde, otea, y más adelante ubica lo que estaba buscando. Se trata de un armazón tan frágil como ridículo, de unas cuantas cámaras de llantas, unidas con sogas, sobre lo que han logrado acomodar unas tablas simples. Se trata de un remedo de balsa, precaria hasta el ridículo. Suben todos, y subes tú. La cosa esta se tambalea, el frío jode a estas horas de la madrugada, y el coyote sigue como remando hacia una zona más abajo, donde por fin se decide a acercarse a la orilla, y les apura en bajar, y les dice casi como zuzurrando: "¡rápido,, rápido!. Nos reunimos en la choza aquella que tiene fuera un cartel de Coca Cola, ¡rápido!". Todos corren, tratando de no hacer bulla, pues están en una suerte de aldea miserable. Los perros enpiezan a ladrar, y el puto cartel no se divisa por ningún lado. Hasta que alguien, dice en voz muy baja: ¡Aquí está!, ¡el cartel!". Todos se dirijen allí, y entran. El sitio está vacío, y hay un holor a barro, a tierra húmeda. El siguiente grupo llega unos quince minutos después, y así van llegando de a pocos hasta completar los veinte.
Al día siguiente, el coyote manda a comprar comida de la zona, y por fín conoces las famosas tortillas mexicanas. Todos empiezann a conocerse un poco más, tú, cuentas algo de tu pasado, y vas conociendo parte del pasado de tus compañeros de viaje. Hay tres chicas, algunas señoras, varios patas, y señores que han dejado una vida de aprietos, de frustraciones, y demás cargas en la vida, en busca de ese soñado paraíso en el norte.
Al día siguiente, el coyote anuncia que van a desplazarse en bicicletas hasta cierta zona, pues el plan es ese, y solo allí les recojerán en auto. el punto es que tú no sabes manejar bicicleta. Y, la cagada. ¿Ahora cómo hacemos?. El chico, de unos diez años, que parece ser contacto y ayudante del coyote en la zona, dice: "Yo lo llevo". "Bueno, dale, vamos", acepta el coyote.
Así que salen, sales en bicicleta. Son de esas bicicletas en tandem, y tú vas a tras, guiado por el pequeño mexicanito este, que parece ser una bala con la bici.
Por fin llegan al lugar señalado, y la indicación es subirse al árbol y esperar hasta que pase una suerte de coaster, que al toque de tres claxons, habrá que bajar rápido del árbol, y subir sin demora para no quedarse. llegas, todos están ante el árbol, y se dan cuenta de que el árbol tiene de todo. Desde gradas y hendiduras adaptadas para meter los pies, hasta especies de nidos, asientos, y acomodos en sus ramas. Todos caen en la cuenta de que dicho árbol sirve de reposo y cobijo para tantos migrantes y viajantes hacia el norte, hacia los EEUU.
Llega la noche, todos la han pasado algo ya incómodos, pues, un árbol es un árbol, y una rama es una rama. La indicación es que a eso de las once de la noche, pasará el bus aquel que deberá recojerlos. Parece demorarse algo más de lo pensado, pero, por fin, hay un bus que se acerca un poco al árbol, y suena el claxon tres veces. Todos a bajar rápido. ¡Vamos, rápido, que se va el bus!, dice el coyote.
Todos se suben raudos al bus. Y, no han avanzado ni media hora, cuando una patrulla los detiene, y entonces, conocerán una de las más reconocidas tradiciones e instituciones mexicanas.
"Todos, quedan detenidos, documentos por favor". ....
Continuará.